sábado, 23 de julio de 2011

Neoliberalismo y cultura de la corrupción

Aurelio Suárez Montoya, Bogotá, julio 11 de 2011
El neoliberalismo tiene ideología. Más allá de los postulados económicos que lo guían en la presente globalización: el libre comercio, el libre flujo de capitales y las privatizaciones o la tasa de ganancia del capital invertido, como criterio superior; el neoliberalismo induce, para las decisiones de vida de las personas, valores que maximizan el interés individual como norma básica del progreso; la prioridad es ser competitivo y exitoso a toda costa. El neoliberalismo reemplazó, el desarrollo por el crecimiento; es decir, el bienestar común por la sumatoria de las bonanzas individuales, para los que puedan tenerlas.

Las políticas neoliberales se orientan a brindar oportunidades y no a garantizar derechos. Se engaña a la sociedad, en particular a los más débiles, con que el Estado sólo está obligado a facilitar la existencia de la oferta, dentro de las leyes del mercado, de la salud, la educación, la vivienda y los servicios públicos. Como los oferentes, a su vez, deben obtener provecho de estas actividades, el ingreso económico, al final, resulta determinante para la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos.

El neoliberalismo está anclado al utilitarismo de Bentham que define lo “útil” como lo bueno. O lo dicho por otro: “No importa que el gato sea blanco o negro, el todo es que coma ratones”. Esto abre una Caja de Pandora: no hay límites para el lucro, se extiende a todos los negocios y se vuelve más cierto que nunca que el capitalismo “por el 100 por ciento pisotea todas las leyes humanas; con el 300 por ciento no hay crimen que no se atreva a cometer”. O como cree Miguel Nule: “La corrupción es inherente a la naturaleza humana”.

La podredumbre contemporánea no se circunscribe a la contratación pública, ni a la DIAN, la DNE, al “cartel de las EPS” o al Fosyga; es global. ¿No es lo mismo lo de Madoff, lo de Stanford o lo de Enron y Lehman Brothers? La periodista Michelle Malkin escribió en 2009 un éxito editorial, La cultura de la corrupción”, sobre “Obama y su grupo de defraudadores de impuestos, pícaros y compinches”.

López Michelsen aseveró que la corrupción empezó en Colombia con la llegada de la United Fruit Company; Turbay Ayala habló de contenerla “dentro de sus justas proporciones” y ahora, en tiempos del neoliberalismo, la ladronería sobre el erario se salió de madre. Si Santos quisiera acabar la corruptela empezaría por eliminar el caldo de cultivo de la nueva cepa: el modelo neoliberal. No apuntalarlo, como en realidad hace. He ahí la raíz de su inconsecuencia y lo infructuoso de su publicitada campaña moralizadora.


Petro y el TLC con Estados Unidos

José Fernando Ocampo T., Bogotá, julio 12 de 2011
Gustavo Petro lo encantan con facilidad los cantos de sirena. Lo tiene encantado el presidente Santos al que visitó para darle su apoyo, recién elegido, aun antes de que se posesionara. Lo encantó el procurador general de la Nación por quien votó en el Congreso. Pero también lo encantaron los senadores demócratas del Congreso estadounidense en su visita al país del Norte en 2007. Los encantadores venenosos siempre tienen que ocultar su veneno. De lo contrario no encantarían. Recibirían el rechazo instintivo. A todos les encontró aspectos positivos, propuestas que merecían apoyo, modales que atraían respeto y le hicieron olvidar, o pasar por alto, el veneno de sus perversas intenciones. Por demagogia, por estrategia de conquista, por táctica envolvente, por necesidad de votos, por simple lógica de necesidades naturales, todos conquistaron a Petro. Así se acomodó, recogió aplausos, abrió ventanas, entregó principios. 
Cuando todavía no había renunciado al Polo le diría a un reportero sobre su pertenencia al Partido: “Uno está dentro y fuera al mismo tiempo”. Y por eso, con cinismo total, incorporaba a cualquier persona, así no tuviera “ninguna articulación con ese partido” (¿Quo vadis? 25 de septiembre de 2010).

Si a Santos lo atacó en su campaña como candidato presidencial por sus reformas como ministro de Comercio de Gaviria, como ministro de Hacienda de Pastrana y como ministro de Defensa de Uribe, apenas elegido Presidente le sobrevino transformación milagrosa para volverse santista. En menos de 24 horas la metamorfosis de Santos fue total. Elegido era ya por completo distinto de ese Uribe que, para Petro, representaba el latifundismo improductivo y la extrema derecha. El nuevo Presidente se había convertido en el adalid “de las banderas democráticas más queridas de la lucha democrática en Colombia”, la democratización de la tierra y la reparación de las víctimas de la violencia (@petrogustavo 28de abril de 2011). Pasando por alto las reaccionarias medidas de la reforma laboral auspiciada por Santos como ministro de Hacienda, invitó a los trabajadores a apoyar al Presidente “porque recoge lo fundamental de nuestra propuesta en materia laboral” (@petrogustavo 28de abril de 2011).

¿No le había pasado lo mismo con el procurador? Ordoñez, el inquisidor, había quemado libros en Bucaramanga, había condenado la ley de despenalización del aborto, había perseguido a los descreídos, había declarado su condición de religioso fundamentalista. Pero a Petro se le volvió tolerante con los derechos humanos, defensor de las minorías sexuales, de las reivindicaciones de las mujeres y atribulado paladín de la población más vulnerable. Claro que en sus primeros quince días absolvió, por encima de toda lógica legal, a Sabas Pretelt y Diego Palacio, los dos ministros de Uribe que le abrieron el camino a la reelección.

¿Por qué extrañarse de Petro que fuera encantado por los senadores demócratas en su visita a los Estados Unidos? Ellos podían transformar el tratado de comercio firmado por los gobiernos de Bush y Uribe, los reaccionarios, y hacerlo digerible a la izquierda colombiana opuesta a su aprobación. Para Petro, el Partido Demócrata cambiaría su estrategia frente al TLC, porque un sector no lo aprobaría y otro lo haría incluyéndole cláusulas laborales y ambientales (Notas del viaje a Washington, http://gustavopetro.blogspot.com/). Así, el TLC “permitiría la defensa de los trabajadores y el medio ambiente” y se volvería aceptable pues cambiaría su carácter imperialista, dejaría de ser una amenaza para la economía colombiana, no afectaría la producción agrícola, no sería una competencia desproporcionada para la ya decaída industria nacional ni le entregaría el país al capital financiero y los subsidios agrícolas a los productores gringos no perjudicarían la producción de los campesinos colombianos. En esa forma, el tratado aprobado en el Congreso de Estados Unidos sería “radicalmente diferente al firmado por los dos gobiernos” (Notas del viaje a Washington, http://gustavopetro.blogspot.com/) Esa fue la conclusión de la visita de Petro a Estados Unidos. Y todavía no había renegado del Polo ni Santos, según él, se había metamorfoseado en demócrata y progresista.

El Congreso de Estados Unidos, pues, “transformaría” el TLC a favor de Colombia. Más consecuentes y radicales resultaban las organizaciones sindicales estadounidenses que comprendían la amenaza que significaba el tratado no sólo para la economía colombiana sino para los obreros de su propio país, por lo que han mantenido su oposición todos estos años. Petro regresó de su visita de 2007 a Estados Unidos convencido de la transformación de los parlamentarios demócratas norteamericanos. En la reunión del Polo en Melgar en mayo de ese año, tras acalorado debate sobre sus declaraciones públicas a favor del Tratado, no solamente mantuvo su posición defendida en Estados Unidos, sino que se enfrentó a una sólida mayoría que permaneció firme en preservar la oposición del Polo al TLC, como quedó consignado en el Ideario de Unidad en noviembre de 2005: “Rechazamos la globalización neoliberal y su expresión actual en el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos”, consagra el Ideario (Aparte dedicado a la “Soberanía nacional y unidad latinoamericana”). Perdida la mayoría por los demócratas en el Congreso de Estados Unidos en las elecciones de mitaca, con un sector republicano de extrema derecha fanático de la globalización y el libre comercio, ceñido a la más rancia tradición imperialista del Destino Manifiesto estadounidense, ninguna opción para la idealista e imaginaria posibilidad de que un país más agresivo que nunca en su dominación mundial, en medio de una de sus peores crisis económicas, llegue a un tratado favorable al subdesarrollo colombiano. Pero Petro lo cree posible, o al menos así lo proclama en su afán de ganarse la condescendencia del Partido Demócrata estadounidense.